Teniendo en cuenta que nuestro primer contacto con el mundo es con la madre, extraordinariamente fusionado y afectivo, la primera etapa de la educación emocional empieza en el momento de la gestación.
Durante esos 9 meses de embarazo y los 3 primeros años de vida, es de importancia "decisiva" la educación emocional que recibe el bebé ya que en este periodo, todo el sistema nervioso y especialmente el cerebro de los niños, crece hasta los dos tercios de su tamaño maduro y su complejidad se desarrolla a un ritmo que "jamás" volverá a repetirse.
Tener éxito, ser optimista y confiado en la edad adulta o por el contrario adoptar una postura victimista, desconfiada o temerosa, depende de cómo el ser humano haya sido educado emocionalmente durante esos primeros años de vida.
Unido a la siguiente etapa, la de la infancia, el niño/a va adquiriendo diversas impresiones sobre cómo funciona el mundo y al mismo tiempo, extrayendo conclusiones de cómo se siente él/ella respecto a las personas, a las cosas y a las situaciones. Estas experiencias afectivas marcarán los patrones de comportamiento en lo sucesivo y determinarán su evolución afectiva, intelectual y social.
La siguiente etapa crítica del desarrollo emocional se produce en la pubertad y adolescencia, en la que todo lo aprendido hasta la fecha de forma crédula y pasiva, va a ser criticado, cuestionado y contrastado con el mundo exterior de una forma activa, con objeto de elaborar un código de normas y valores propios, necesarios para acceder al mundo de los adultos. Durante este proceso natural, el mundo emocional está en conflicto.
A partir de esta etapa y durante toda nuestra madurez, la dimensión emocional se mantiene y renueva a lo largo de nuestra existencia, pues no deja de desarrollarse y evolucionar sin descanso hasta nuestro último día de vida.
Por todo ello, la familia es nuestra primera escuela para el aprendizaje emocional, seguido del entorno escolar, y más tarde del entorno profesional y social. Padres, profesores y adultos en general tenemos un compromiso natural con nuestros hijos y con nuestras parejas sentimentales y, una responsabilidad con nuestra comunidad, con nuestros grupos de trabajo y con nuestras familias.
Si los padres supiéramos cuidar nuestros propios aspectos emocionales, viviríamos a nuestros hijos sin carga, como tesoros muy preciados, y mostraríamos hacia ellos un profundo respeto, mucha tolerancia y un afecto incondicional.
Por lo tanto, aunque el ámbito natural de acción de esta disciplina es el área educativa, la re-educación emocional inteligente debe ser desarrollada ineludiblemente en el campo de la salud, en el mundo laboral-empresarial, en las administraciones gubernamentales, en los servicios públicos y, en el resto de los espacios culturales de nuestra sociedad.