Juan Ramírez de Francia

Re-educación Emocional Inteligente

Aplicación cotidiana en los ámbitos personal, familiar y profesional

¿POR QUÉ SURGE ÉSTA NECESIDAD? ANTECEDENTES HISTÓRICOS

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Provenimos de una mentalidad que ha rechazado históricamente el mundo emocional como parte del bagaje de la especie humana.

En el mundo occidental se ha desvalorizado como herramienta de supervivencia, siguiendo vigente el pensamiento estoico griego que cree que la lógica es la fuente de información fiable y las emociones no lo son.
Desde Descartes, hemos vivido en un racionalismo exacerbado, que negaba la utilidad de las emociones argumentando una pérdida de objetividad y racionalidad en la actividad humana. La sociedad no le ha dado valor a las emociones, sino que ha exaltado los logros conseguidos, lo que se alcanza, lo que se posee, en definitiva, lo que se tiene.
Como sociedad occidental, tenemos un modelo socio-económico basado en el consumismo, y gran parte de los valores están relacionados con el dinero, con parecer, con tener, con estar a la última moda... y lógicamente, si disponemos de unos valores muy materialistas e individualistas, implica que hemos dejado caer en descrédito otros como el respeto, la responsabilidad, la solidaridad o que se haya cuestionado el valor de la autoridad por nuestro jóvenes.
Inevitablemente, si impera la cultura del “tener”, se devalúa la cultura del “ser” y del “sentir”…

Otro aspecto a resaltar de nuestras costumbres occidentales es cómo el hecho de cuidar a los demás está muy bien visto, y sin embargo, cuidar de uno mismo o hablar bien de sí mismo, no está aceptado socialmente y es tachado de falta de modestia o humildad.
Sin embargo, si realizamos una explicación absolutamente razonable pero desprovista de cualquier emoción, puede no ser tomada en consideración. A un cierto nivel de nuestra conciencia, sabemos que estamos siendo incongruentes…
Muchas de las creencias y pensamientos que aún residen en nuestro inconsciente colectivo (“Los hombres no lloran”, “El dar es honor y el pedir es dolor”, “Los amores, por un placer, mil dolores”, “Sólo los más fuertes sobreviven”, “La felicidad es una utopía”, “Soy como soy y a mi edad, ya no se puede cambiar”, etc.) tampoco ayudan porque nos sitúan en el inmovilismo y la resignación, actitudes con las que interpretamos y filtramos la vida.

Con todas estas credenciales, es normal que no hayamos dado un lugar privilegiado al mundo emocional. Es normal que los sentimientos estén anestesiados, aunque por ello no quiera decir que no existan.
Incluso vamos más lejos: cuánto más escondido tenemos algo, con más fuerza influye en nuestra vida, de una u otra forma. O dicho con otras palabras, cuando no damos importancia a algo que realmente la tiene, va adquiriendo por debajo y de forma inconsciente, la fuerza de su verdadera naturaleza.

Otro ejemplo que ilustra esta idea, es la educación infantil tradicional como método estandarizado que tenemos asumido socialmente, que socava y destruye la conexión natural del mundo emocional de cada niño: El bebé evoluciona desde la dependencia física y emocional absoluta hacia una independencia relativa, siendo un tránsito muy prolongado de casi veinte años. El camino es enorme. Necesitan la asistencia de un adulto maduro para que medie entre ellos y el mundo.
Al principio no tienen capacidad para caminar, no cuentan con el lenguaje verbal, no pueden nombrar sus sensaciones ni de hambre, ni de dolor, ni de susto. Vienen del movimiento y sonido del vientre de su madre y van a una cuna estática y al silencio de la habitación, muchas veces sin brazos “para que no se malacostumbren”. Lloran con desesperación, pero en lugar de ser comprendidos, llamativamente son desestimados aplicándoles métodos aceptados socialmente. Si cambian la estrategia del llamado y enferman, obtienen respuesta sobre la enfermedad, pero casi nunca en relación a su necesidad interior. También prueban adaptándose. Es decir, inventan que no necesitan eso que necesitan. Sobreviven disminuyendo las demandas, pero a costa de relegar a lugares sombríos las necesidades básicas que no han sido satisfechas. Por tanto, no desaparecen. Sólo desaparecen para la conciencia. Aprenden a pedir sólo aquello que los adultos estamos dispuestos a escuchar. Así se alejan y se desconectan de su mundo interior.

Por tanto, como históricamente las emociones no han tenido importancia para nuestra sociedad, aquellas han ido minando de forma soterrada y silenciosa a esta.

Por otro lado, y también paradójicamente, las emociones sí han sido explotadas por la publicidad, la política, las ventas, las modas o por los grupos de presión con fines mercantilistas y sectarios. Esto nos deja en clara desventaja y expuestos a la manipulación de intereses partidistas o a influencias involuntarias de corrientes de opinión, al revelar necesidades y tendencias emocionales que corresponden a nuestro mundo afectivo-emocional.

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